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Mensaje del Santo Padre León XIV a los miembros de la Soberana y Militar Orden de Malta con motivo de la celebración de la solemnidad de San Juan Bautista

Mensaje del Santo Padre León XIV a los miembros de la Soberana y Militar Orden de Malta con motivo de la celebración de la solemnidad de San Juan Bautista
16/07/2025

Me complace especialmente dirigirles este mensaje con motivo de la celebración de la solemnidad de San Juan Bautista, protector de su Orden religiosa, que lleva su nombre.

La Iglesia les agradece todo el bien que hacen allí donde se necesita amor, en situaciones a veces muy difíciles. Les agradece también el compromiso de renovación que mantienen desde hace algunos años, para una mayor fidelidad al Evangelio, en estrecha y cordial colaboración con el cardenal patrono, a quien he reconfirmado en su cargo. ¡Continúen en esta dirección!

Podemos decir que San Juan Bautista, desde antes de su nacimiento, cumplió la misión recibida de Dios de ser anunciador de Jesús. Lo hizo con radical austeridad durante toda su vida. Su idea del Mesías al principio estaba todavía demasiado ligada a la de un juez severo (Mt 3:7-12). Jesús le ayudó a cambiar de perspectiva y a convertirse, en primer lugar, cuando se presentó ante él pidiendo ser bautizado, humildemente mezclado entre tantos penitentes (Mt 3:13-17). Después de esta manifestación, Juan señala a Jesús como el cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn 1:29;36). Siguiendo su invitación, dos de sus discípulos se hacen discípulos de Jesús (Jn 1:37). Y Juan Bautista, dando su vida por afirmar la verdad, se convertirá en testigo de Jesús, que es la Verdad.

San Juan Bautista, su protector celestial, debe iluminar sus vidas y la misión que están llamados a cumplir en la Iglesia por acción del Espíritu Santo.

Su Orden tiene como fines tuitio fidei et obsequium pauperum. Dos aspectos de un único carisma: la fe que se debe propagar y proteger en la dedicación amorosa a los pobres, a los marginados, a todos aquellos que necesitan el apoyo y la ayuda de los demás. No limitarse a atender las necesidades de los pobres, sino anunciarles el amor de Dios con la palabra y el testimonio. Si esto faltara, la Orden perdería su carácter religioso y se reduciría a una organización con fines filantrópicos.

El amor que cada uno de ustedes debe ofrecer al prójimo es el que se sitúa al nivel de quien lo recibe, tal como hizo Jesús, que se situó a nuestro nivel, solidario con los despreciados, con aquellos a quienes se les quita la vida por considerarla sin valor (Lc 10:29-37). Por eso Jesús puede recibir una respuesta de amor de nuestra parte, porque en su abajamiento nos comunica su amor, que podemos corresponderle con gratitud. Lo mismo ocurre con los pobres. Si los amamos poniéndonos a su nivel, el amor que les comunicamos nos vuelve en su gratitud, hecha no de humillación, sino de alegría.

Esto es tuitio fidei, porque haciendo así se transmite concretamente la fe en Dios que es amor, ofreciendo la experiencia de su cercanía.

Para proteger y conservar la fe, el apóstol San Pablo nos indica cómo equiparnos: revestir la armadura de Dios para resistir las insidias del maligno; ceñir nuestra cintura con la verdad; vestir la coraza de la justicia; tener siempre en la mano el escudo de la fe, con el que apagar las flechas encendidas del maligno; tomar el casco de la salvación y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios (Ef 6:11-18).

Sin duda, para las muchas obras de bien que su Orden realiza en diversas partes del mundo, necesitan muchos medios, también económicos, y muchas mediaciones. Pero debemos tener siempre presente que los medios son solo medios, funcionales para alcanzar el fin.

Sin embargo, para alcanzar un buen fin, los medios deben ser buenos; pero en este campo la tentación puede presentarse fácilmente bajo la apariencia del bien, como la ilusión de poder alcanzar los fines buenos que nos proponemos con medios que luego podrían revelarse contrarios a la voluntad de Dios. También Jesús fue tentado en esto, cuando el maligno «le mostró todos los reinos del mundo y su gloria» (Mt 4,8) y le prometió dárselos si lo adoraba. Pero entonces Jesús ya no habría sido el siervo sufriente de Dios, que con humildad se despoja de todo poder mundano para conquistar, con amor, el amor del hombre. Jesús reafirma, también en esta tentación tan sutil, que la supremacía de Dios no se vende al poder de este mundo. Si hubiera consentido en la tentación, Jesús habría recurrido a medios ilícitos y no habría alcanzado el objetivo que el Padre le había fijado para su misión». A lo largo de la historia, la Orden de Malta ha adoptado diferentes medios según las circunstancias, pero su validez actual debe ser evaluada para alcanzar el fin de tuitio fidei et obsequium pauperum.

A lo largo de los siglos, la Orden ha adquirido una importancia cada vez mayor en el ámbito internacional, un tipo de soberanía muy particular, con prerrogativas que necesariamente deben ser funcionales para el objetivo de tuitio fidei et obsequium pauperum. Si utilizaran ustedes estas prerrogativas dejándose atrapar por la mundanidad, correrían el peligro de actuar perdiendo de vista el objetivo, quizá sin darse cuenta, precisamente por la ilusión que la mundanidad comporta. Debemos hacer nuestro continuamente lo que nos enseñó Jesús, que no pidió al Padre que nos quitara del mundo, porque nos envía al mundo, pero que no somos del mundo como Él no es del mundo; y pidió al Padre que nos protegiera del maligno (Jn 17:14-16; 18).

El Espíritu revela los engaños del maligno, por eso estamos llamados a discernir continuamente si es el Espíritu, el maligno o en todo caso nuestro propio interés el que nos guía.

Están comprometidos en un camino de renovación. Una renovación que no puede ser simplemente institucional, normativo: debe ser ante todo interior, espiritual, porque esto da sentido a los cambios en las reglas. Han renovado su derecho propio, la Carta Constitucional y el Código Melitense. Era necesario para aclarar mejor la naturaleza de la Orden religiosa, dada y garantizada por los miembros de la Primera Clase, pero cuya fuerza carismática es compartida también por la Segunda y la Tercera Clase con una gradualidad diferente.

También han completado la labor de «Comentario» a ambos textos normativos. También han completado el trabajo de «Comentario» a ambos textos normativos.
Una labor muy útil para facilitar, además de la comprensión literal de las normas, también la comprensión de su fundamento espiritual y teológico, de vital importancia para una correcta interpretación y aplicación en el Espíritu.
Sin duda, el camino de la renovación no ha terminado, sino que está siempre en sus comienzos, porque requiere la conversión del corazón, una tarea que dura toda la vida para cada uno de nosotros. Sabemos lo agotadora que es la conversión del corazón. Especialmente los miembros de la Primera Clase están llamados a comprometerse en este sentido para superar toda tentación de secularización, es decir, de una vida no animada por esa radicalidad evangélica que es propia de una Orden religiosa. Si la Primera Clase no realiza este camino de conversión, que, aunque difícil y exigente, está sostenido por la gracia del Espíritu del Resucitado, no se puede esperar que lo realicen, según su condición, la Segunda y la Tercera Clase.

La conversión está siempre impulsada por una experiencia significativa que toca nuestro corazón. Su acción en favor de los señores enfermos, como les gusta decir, y de los pobres de toda clase, meritoria ante Dios y ante los hombres, es lo que sostiene su conversión. La acción caritativa y apostólica es fruto y manifestación de una espiritualidad, la que desde los orígenes les ha sido transmitida por el Beato Gerardo y que están llamados a encarnar en el mundo de hoy con una autenticidad evangélica cada vez mayor, fruto de una continua purificación.

Con gran alegría he sabido que hay aspirantes que han pedido iniciar la experiencia del noviciado, y de un noviciado residencial, lo que constituye una novedad después de tanto tiempo de desintegración de la vida comunitaria. Es motivo de gran esperanza, pero también es un desafío para toda la Orden y especialmente para los formadores. La formación es un aspecto fundamental para todos los institutos de vida consagrada y es particularmente exigente debido a la complejidad de la experiencia de los candidatos en el tiempo actual. Esto requiere más que nunca una formación específica de los formadores, sin la cual el trabajo formativo sería aproximado e ineficaz, como sucedería si no estuvieran bien definidos su itinerario y su contenido.
La formación no atañe solo a la Primera Clase, sino, con modalidades diferentes, también a la Segunda y a la Tercera Clase. Debe tener como elemento fundamental la oración: litúrgica y personal, alimentada por la soledad y el silencio, dimensiones que son necesarias cuanto más se dedica a la actividad de servicio a los demás, para que ésta sea testimonio del amor de Dios, que se hace presente.

Igualmente es motivo de gran esperanza que algunos miembros profesos quieran iniciar una experiencia de vida comunitaria. Aliento de corazón este deseo, porque la vida comunitaria forja concretamente la caridad mutua y la auténtica observancia de los tres consejos evangélicos. Aunque este propósito encuentre algunas dificultades en su realización, éstas podrán ser superadas con la ayuda del Espíritu, gracias al cual la esperanza no defrauda (Rm 5:5).

Que Nuestra Señora de Filermo, San Juan Bautista y el Beato Gerardo intercedan por el cumplimiento de sus más nobles sentimientos y deseos. Les imparto de todo corazón la bendición apostólica, que extiendo a sus seres queridos y a todos aquellos con quienes se encuentren en el curso de su servicio.

Vaticano, 24 de junio de 2025

LEONE PP. XIV

Traducción de la Soberana Orden de Malta